- Desde hace casi 10 años, los extractores de mariscos de estas dos localidades de Arequipa dejaron de competir por la extracción del erizo rojo para aprender a proteger el recurso del que depende su futuro.
- Con acuerdos voluntarios, organización y una inédita estrategia de autorregulación, lograron recuperarlo y convertir su experiencia en un referente nacional.
- El trabajo voluntario de los pescadores dio un paso clave en mayo pasado al lograr que el Gobierno Regional apruebe una declaración de interés para la implementación del Plan de Extracción.
- Esta es la historia de cómo la confianza y la paciencia recuperaron una especie, transformaron un ecosistema y cambiaron su forma de pescar.
La niebla es densa y trae consigo una llovizna copiosa que moja la ropa rápidamente. Son las siete de la mañana en el puerto de Matarani, uno de los más grandes del sur peruano y Juan Huari y Wilmer Oxsa preparan la embarcación para salir a altamar. Son dos hombres de mar que se dedican a la extracción de erizo rojo (Loxechinus albus) y otras especies de bentónicas que habitan en los bosques marinos de macroalgas en las costas de la región de Arequipa, como el pulpo, el chanque y la lapa.
Mientras Wilmer Oxsa prepara el motor, Huari va limpiando la plataforma donde más tarde permanecerá la pesca del día y en menos de 15 minutos salimos del puerto sorteando y empujando otros botes como en un pequeño laberinto.
Nos dirigimos hacia unos riscos ubicados al sur. El mar está movido pero a los pescadores no parece impresionarlos. A un lado aparecen lobos marinos que descansan sobre las boyas; al otro, bandadas de gaviotas sobrevuelan la bahía esperando el momento oportuno para lanzarse al agua. Después de casi cuarenta minutos de navegación, los acantilados de Matarani quedan atrás y el motor se detiene frente a un grupo de riscos donde el océano adquiere un tono verde oscuro. Llegamos a la zona de pesca.
Aquí, Huari, buzo artesanal, se coloca el traje hecho de neopreno negro para bucear y Oxsa enciende la compresora de aire en la embarcación; un zumbido sordo inunda el espacio mientras el aire empieza a correr por la manguera transparente que Huari se acomoda en la boca, listo para el descenso. Estos dos son equipos básicos de su oficio: uno para protegerlo del frío de las corrientes del Pacífico y el otro para proveerle oxígeno mientras profundiza en el océano. De igual forma, la extracción bajo la modalidad de buceo con compresora requiere de la confianza de dos: en tanto el buzo permanece sumergido, el tripulante va monitoreando el bombeo del oxígeno y dirige el bote para evitar que encalle.

Luego de unos minutos de preparación y con la naturalidad de quien ha repetido el mismo movimiento cientos de veces, Juan Huari toma aire por última vez, se deja caer al mar y desaparece. Lleva consigo una ganzúa y una canasta de malla (capacho); además, toma una larga manguera por la cual transita el aire, y profundiza. Desaparece. La única evidencia de que sigue allí es la manguera que serpentea mientras se mueve en las profundidades entre el bosque marino y las rocas.
¿Por casi una hora? Es difícil decirlo. El tiempo pasa lento cuando el bote no hace más que moverse de un lado a otro sin parar. Oxsa —un tripulante de 52 años de edad— permanece imperturbable monitoreando desde la embarcación que la compresora no detenga su producción de aire para Huari. Y es que desde los 23 años se dedica a la pesca artesanal profesional, desde el buceo hasta el acompañamiento de sus colegas, como Huari en sus faenas mar adentro.
Cuenta que hasta antes de 2014 la extracción de erizo rojo era indiscriminada, una competencia entre buzos. “El que tenía mejores condiciones sacaba varios sacos y sacos, no había límite. A lo que el cuerpo diera”, dice Wilmer Oxsa y hace una pausa. “Y como estaba barato, debíamos sacar todo lo posible”, agrega.
Pero la bonanza no duró mucho. “Llegó un momento en que empezaban a sacar erizo muy pequeño. Así…”, muestra con la palma de su mano unos tres dedos juntos o cuatro o cinco centímetros, muy por debajo de lo que señala la Resolución Ministerial 209-2001-PE, que establece un tamaño mínimo de siete centímetros para la pesca del erizo rojo. Además, la población de erizo en las zonas de extracción se redujo considerablemente. Se dieron cuenta que si seguían a ese ritmo el erizo desaparecería. “Nosotros fuimos peor que el Fenómeno de El Niño, que ya había agotado el erizo en la zona”, dice.
“Entonces decidimos parar la extracción por dos años. Fue una veda que nosotros mismos nos impusimos”, cuenta Oxsa mientras arranca el motor para evitar que el bote siga acercándose a los riscos.
Una decisión nada fácil para ellos, pero tremendamente impactante para el ecosistema marino.

Acuerdos por la sostenibilidad
El erizo rojo no es cualquier especie. El especialista del Instituto del Mar Perú (Imarpe) Stevens Lucero Pérez explica que la función de este equinodermo es regular los bosques de algas marinas, pues se las comen, principalmente a las que mueren, devolviendo los nutrientes a la cadena trófica y manteniendo así el balance en las profundidades.
Además, mantienen a raya la cantidad de algas vivas en el bosque marino, pues su proliferación “bloquearía” la distribución de mariscos en las rocas. Es por ello que su importancia es clave en todo el litoral sur peruano, desde Ica hasta Tacna, donde proliferan gracias a las aguas frías de la corriente de Humboldt.
El rol ecológico de esta especie abrió una discusión que pocos imaginaban posible. ¿Cómo convencer a decenas de pescadores de dejar de capturar el recurso del que dependían sus familias? La respuesta no llegó de inmediato. Durante meses hubo desacuerdos. Muchos pensaban que detener la pesca significaba renunciar a su principal fuente de ingresos. Otros creían que si ellos dejaban de extraer, alguien más ocuparía su lugar.
No fue fácil, pero poco a poco los 156 miembros de las siete Organizaciones Sociales de Pescadores Artesanales (OSPAS) extractores de mariscos de Matarani y Mollendo empezaron a coincidir en que si querían seguir extrayendo erizo rojo, primero debían dejar que se recupere. La decisión parecía una apuesta demasiado arriesgada. Sin embargo, terminaría convirtiéndose en el primer gran pacto colectivo de pescadores en Arequipa.
Luego de casi una hora, Juan Huari emerge a la superficie. Con un brazo se sostiene y con el otro carga el “capacho” lleno de erizos rojos. Uno de esos contiene alrededor de 40 kilos. Entonces, Wilmer Oxsa toma la malla y la sube a la embarcación para después ayudarlo a subir.

El movimiento del mar y el viento continúan bajo el clima nublado del invierno marino, parece una atracción de feria interminable. A lo lejos se puede ver un pequeño muelle del que sale un bote cuyo único tripulante lo impulsa con remos. Tras unos minutos navegando se detiene, prepara anzuelos en nylon de pesca y uno a uno los va distribuyendo a su alrededor. Solo bastan unos minutos de espera para que empiecen a caer los peces; los retira y vuelve a repetir.
Y es que la riqueza del mar peruano, tantas veces rememorada en libros y documentales, no es para nada un mito, sino una realidad, que, aunque ahora un poco austera, se mantiene.
En 2015 empezó la restricción de los propios buzos de Matarani y Mollendo. No era una disposición del Ministerio de la Producción ni una resolución regional. Tampoco existía una autoridad que pudiera sancionarlos si rompían el pacto, fueron acuerdos voluntarios. La única condición era cumplir la palabra empeñada entre ellos. “No todos estaban de acuerdo —recuerda Juan Huari—. Había compañeros que decían que nos íbamos a perjudicar porque ese era nuestro principal ingreso”.
Fueron dos años en que debieron recurrir a otras especies y hasta otras actividades fuera del mar. “Algunos salieron a taxear o a trabajar en construcción civil mientras se esperaba. Por suerte también teníamos la extracción de otras especies como el pulpo o el chanque, o también la pesca mar adentro. De alguna u otra forma salimos adelante”, recuerda Huari.
Fue un esfuerzo que dio frutos.
Wilmer Oxsa cuenta que en 2017 notaron que la cantidad y el tamaño de los erizos habían incrementado. Pero esperaron el momento ideal para empezar a extraer, pues ahora la lógica había cambiado. Años atrás vendían porque necesitaban sacar todo lo posible antes de que alguien más lo hiciera. Ahora podían decidir cuándo vender. “Como teníamos el recurso entonces esperamos un buen precio para vender. No es que hayamos empezado a extraer otra vez de manera indiscriminada, sino que ya estábamos organizados”, dice el pescador.
Fue así que establecieron las “sacas”, un modelo de autorregulación que consiste en extraer por temporadas y bajo la condición de una demanda segura del mercado y con un precio que justifique su esfuerzo. De esa manera evitan inundar el mercado con un producto barato y, al mismo tiempo, impiden volver a la extracción indiscriminada.

El proceso de extracción lo realizan en la temporada de invierno, desde junio hasta septiembre y en base a información que el Imarpe publica sobre biomasa del erizo. El resto del tiempo se autoimponen una restricción de extracción para permitir la reproducción de la especie. Lo que además implica cuidar que otros no lleguen a depredar, realizando vigilancia.
Todo esto ha empoderado a los pescadores. Cuando obtienen un contrato —por ejemplo de 50 toneladas— los 156 miembros de las siete OSPAS que forman parte del acuerdo reciben cantidades iguales de extracción, que no superan los 250 kilos por embarcación. De esa forma todos ganan lo mismo y nadie compite para extraer más de lo autorizado entre ellos, generando además ingresos sostenibles. Al ver los resultados y confirmar que el sistema funciona, todos han respetado los acuerdos tomados, fortaleciendo su organización.
Un plan de extracción
De acuerdo con cifras de desembarque del Imarpe, Arequipa es la región que históricamente ha extraído más erizo rojo en el país: más de 5530 toneladas entre 2000 y 2024, seguido por Ica, con 5521 toneladas desembarcadas.
Cuando empezaron con la suspensión de la extracción de erizo, entre 2015 y 2016, el desembarque en el puerto de Matarani disminuyó drásticamente, pasando de 353 toneladas en 2014 a apenas cinco y tres toneladas respectivamente. Y tras el periodo de corte de la extracción, las cifras volvieron a subir. Primero, en 2017 con 332 toneladas y luego manteniéndose entre 179 y 236 toneladas.
Desde entonces y durante casi una década, las siete organizaciones de extractores de mariscos de Matarani y Mollendo demostraron que suspender la extracción de erizo rojo permitía la recuperación del recurso y al mismo tiempo un aprovechamiento sostenible.
También comprendieron que conservar el erizo ya no dependía únicamente de dejar de pescar, sino de organizarse. Respetaron los cierres voluntarios que acordaron. Organizaron las «sacas», distribuyeron cuánto erizo puede extraer cada embarcación, realizaron monitoreos junto al Imarpe y esperaron los mejores momentos para vender. El mecanismo funcionaba.
Pero había algo que escapaba a su control. Los acuerdos solo comprometían a quienes los habían construido. No alcanzaban a los pescadores de otros puertos, por eso necesitaban que el Estado reconociera estos acuerdos. La conversación dejó entonces de centrarse únicamente en cómo extraer el recurso, ahora la pregunta era otra: ¿cómo proteger legalmente un acuerdo que solo existía gracias a la palabra de los pescadores?

Juan Huari recuerda que comenzaron a buscar apoyo. Había que entender la ley, conocerla de pies a cabeza y encontrar la manera de convertirla en un respaldo para los convenios que ya tenían. Cuando los especialistas de la ONG peruana REDES-Sostenibilidad Pesquera conocieron esta historia en 2022, encontraron una organización que ya había demostrado que podían organizarse para aprovechar responsablemente el recurso.
“Ellos ya habían logrado un gran avance. Lo que necesitaban era que ese esfuerzo pudiera sostenerse en el tiempo y convertir sus acuerdo en una estrategia sostenible”, explica Luis Achong, biólogo especialista de REDES-Sostenibilidad Pesquera.
A partir de entonces comenzaron las reuniones, las capacitaciones, la revisión de la normativa, las coordinaciones con las instituciones públicas y la elaboración de documentos técnicos. Sobre la base de los acuerdos que ya habían construido entre sí las OSPAS, decidieron iniciar un proceso para implementar un Plan de Extracción, una herramienta que otorga a un grupo de pescadores artesanales organizados el derecho exclusivo de aprovechar y proteger los recursos invertebrados bentónicos en una zona marina específica.
Las organizaciones asumieron el liderazgo desde su experiencia y conocimiento del mar. REDES-Sostenibilidad Pesquera, por su parte, acompañó ese esfuerzo promoviendo mejoras, brindando soporte técnico y articulando a los actores necesarios para convertir esos acuerdos en una estrategia de manejo sostenible.
Cuatro años de trabajo conjunto finalmente dieron resultados. El pasado 26 de mayo, mediante la Resolución Gerencial N.° 004-2026-GRA/GRP, el Gobierno Regional de Arequipa aprobó la declaración de interés para la implementación del Plan de Extracción, que beneficiará a 156 pescadores asociados y 115 embarcaciones de las siete OSPAS de Matarani y Mollendo. La medida comprende 231 hectáreas que involucra bancos naturales —Centeno, Tres Cruces, Carrizales, Bote Varado y La Condenada— donde se podrá aprovechar de manera sostenible erizo rojo, pulpo, lapa y chanque.
Luis Achong explica que se trata de la primera declaración de interés de este tipo aprobada en el país. Sin embargo, aclara que este hito no representa el final del proceso, sino el inicio de una etapa aún más desafiante: la implementación del Plan de Extracción.

Para Achong, el verdadero valor de esta experiencia va más allá de la resolución. Durante años, los extractores de mariscos de Matarani y Mollendo han demostrado que es posible alcanzar acuerdos, respetarlos y sostenerlos en el tiempo para proteger el erizo rojo y ordenar su aprovechamiento. Esa capacidad de organización y de cumplimiento, sostiene, convierte a Matarani y Mollendo en un referente para otras organizaciones de pescadores artesanales de Arequipa y del sur del país.
Ahora los pescadores deben realizar un estudio de línea base donde se implementará el Plan de Extracción. Esto significa tener conocimiento de cómo encuentran el área que tienen reservada de manera exclusiva para la extracción del erizo rojo y las otras tres especies, es decir, saber qué cantidad de biomasa, tamaños, pesos, condiciones del mar, entre otros. Todo de acuerdo al Reglamento de Ordenamiento Pesquero (ROP) de bentónicos DS – 018 -2021- PRODUCE.
Teniendo esa línea base de conocimiento, continúa Achong, los pescadores tienen la obligación de conservar las especies y trabajar en favor de recuperar, mantener o incrementar su población. Para lograrlo, deberán continuar con el trabajo que ya conocen muy bien gracias a su organización previa.
Así también lo entienden los pescadores de Matarani y Mollendo. “Esto no solo requiere tiempo, sino también recursos. Una asociación sola no lo habría logrado. La asociatividad nos ayuda no solo a conservar el ecosistema, sino también a repartir la responsabilidad”, añade Juan Huari mientras alista la embarcación para volver al puerto de Matarani.
Esta vez, los erizos que ha recogido del mar no son para la venta, explica, sino para el monitoreo regular que han empezado a realizar junto al Imarpe.
Mientras tanto, Wilmer Oxsa va seleccionando y almacenando los erizos en baldes y sacos de rafia. La mayoría son grandes y pasan de los siete centímetros que exige la norma, incluso se sienten más pesados.
“Están gorditos, tienen buenas gónadas”, calcula Oxsa. Toma un cuchillo y con la pericia de la experiencia abre uno para mostrarlo. En el interior aparecen unas gónadas gruesas, de un amarillo intenso. “Esto da potencia”, añade, mientras toma una gónada y se la come cruda.

El erizo, aunque muy poco consumido en el Perú, es considerado un manjar y un afrodisiaco en países de oriente como Corea del Sur, Japón y hasta Emiratos Árabes Unidos, donde puede llegar a costar hasta 100 dólares el kilo.
De acuerdo a las estadísticas del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, en 2025 se exportó el equivalente a 9.1 millones de dólares en erizo rojo y en lo que va del año ya van 3.72 millones de dólares, con un crecimiento de 153 % con respecto a abril.
El Plan de Extracción para erizo, chanque, lapa y pulpo les da a los pescadores de las siete OSPAS exclusividad en la explotación de estas especies en el trozo de mar que les han autorizado. Además, implementar el Plan de Extracción implica que el Ministerio de la Producción declare la zona como una Reserva Pesquera, una figura que no solo refuerza la protección del área, sino que también exige un mayor compromiso de quienes han decidido cuidar el recurso.
En 2022, el Perú se unió a la meta de proteger y conservar para 2030 al menos el 30 % de sus territorios terrestres y acuáticos, lo que se denomina la Meta 30×30 bajo el marco del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB). Dado que la Reserva Pesquera tiene el potencial de ser reconocida como Otras Medidas Eficaces de Conservación Basadas en Áreas (OMEC) y cuenta para lograr la Meta 30×30, los pescadores de Arequipa también estarán aportando a los compromisos del Gobierno peruano para con el mundo.
Juan Huari, Wilmer Oxsa y los extractores de mariscos de las siete asociaciones de Matarani y Mollendo son conscientes de esto. Aseguran que continuarán trabajando para mantener la unión de los pescadores, con el fin de preservar y aprovechar de manera sostenible los recursos del mar.
De acuerdo con Steven Lucero del Imarpe, la experiencia de Matarani y Mollendo es la única en estos momentos que está funcionando y dando resultados en la región Arequipa y en el sur. Recuerda algunas experiencias de otros grupos de pescadores, que también intentaron organizarse, pero la impaciencia, el incumplimiento de los acuerdos y la desunión hicieron fracasar esos esfuerzos, dando paso a una extracción sin control.
“Es importante mantener la continuidad de los compromisos voluntarios de los pescadores. Es maravilloso entrar a estas zonas protegidas y ver cómo el fondo del mar vuelve a convertirse en un jardín. Aparecen organismos filtrantes, bosques marinos llenos de mariscos, lapas y muchas otras especies. Pero cuando los acuerdos se rompen y se vuelve a la extracción indiscriminada, todo eso se pierde. Hay que tener paciencia”, advierte el especialista del Imarpe.
Los pescadores de Matarani y Mollendo esperan que el camino recorrido durante estos años pueda servir de ejemplo para otras zonas donde también se aprovechan recursos bentónicos. “Nos gustaría que esta experiencia pueda replicarse en otros lugares. Cuando todos respetan los acuerdos, no solo se protege el erizo rojo, también se asegura que el recurso siga dando trabajo para las próximas generaciones”, afirma Juan Huari.
Desembarcamos en Matarani con el cielo todavía cubierto por una llovizna tenue. Detrás queda un banco de erizos que volvió a recuperarse gracias a una decisión de esperar antes que extraer. El sol aún no rompe las nubes, pero en el mar ya ha amanecido mucho antes: el día en que siete organizaciones entendieron que cuidar el recurso también era una manera de asegurar su futuro.
*Imagen principal: el erizo rojo es uno de los principales reguladores de los bosques marinos, por lo que es necesaria su extracción regulada. Foto: Roberth Orihuela
El artículo original fue publicado por Roberth Orihuela en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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