
Uno de los registros de estos animales fue captado a tan solo unos 300 metros de un punto identificado como minería ilegal. Investigadores siguen a la especie y estudian los efectos de esta actividad sobre insectos, aves y otros componentes para entender qué tan lejos puede llegar la recuperación de los paisajes amazónicos. Foto: Adi Barrocas.
Por: Aramis Castro.
Durante casi dos horas y media, las dragas aparecieron una tras otra a lo largo del río. Algunas plataformas tenían personas a bordo, mientras que otras transportaban pilas de barriles de combustible. Estas estructuras flotantes, hechas de madera y metal, remueven los sedimentos del río en busca de oro. En el viaje de regreso desde Los Amigos hacia Laberinto, se contabilizaron 197 dragas a lo largo de la ruta.
En el distrito de Laberinto, la actividad minera se hace evidente antes de surcar el río. Alrededor del puerto hay grifos y negocios donde se comercializan piezas y equipos utilizados por las dragas. Río arriba, las plataformas mineras aparecen entre tramos de bosque todavía conservado, hasta llegar a la Estación Biológica Los Amigos.
Dentro de la concesión científica se encuentra Cocha Lobos, llamada así por los avistamientos de estos mamíferos en sus aguas. Los lobos de río (Pteronura brasiliensis) son depredadores acuáticos que viven en grupos familiares y recorren estos ambientes en busca de alimento y lugares donde reproducirse. Su presencia depende de que mantengan condiciones adecuadas y suficiente disponibilidad de alimento.
El contraste entre ambos paisajes —las dragas que remueven el fondo del río y las cochas donde todavía aparecen lobos— plantea una pregunta que va más allá de la supervivencia de una sola especie. ¿Qué ocurre con un ecosistema amazónico después de que la minería ilegal transforma sus bosques y cuerpos de agua? Y, sobre todo, ¿qué significa que un lugar vuelva a cubrirse de vegetación si las especies que alguna vez lo habitaron todavía no han regresado?
En Madre de Dios, investigadores llevan años siguiendo al lobo de río y estudiando otros componentes del ecosistema para responder algunas de estas preguntas. El monitoreo permite conocer dónde permanece la especie y cómo utiliza distintos ambientes, mientras investigaciones sobre mercurio en insectos y aves muestran que los efectos de la minería pueden extenderse mucho más allá de los puntos donde se agita el suelo o se extrae oro.
El cruce de los registros del lobo de río con información sobre minería y pozas mineras permite analizar la proximidad entre la presencia documentada de la especie y las huellas de esta actividad en el territorio. Los datos más recientes muestran que los lobos todavía utilizan distintos ambientes acuáticos de la región y que existen grupos familiares que continúan reproduciéndose.
Pero la presencia de las también llamadas nutrias gigantes no necesariamente significa que un ecosistema haya recuperado todas sus funciones.

Entre las dragas que siguen avanzando por los ríos y las cochas donde todavía se observan lobos se abre una pregunta más amplia: hasta dónde puede recuperarse un ecosistema amazónico después de la minería y qué condiciones necesita para volver a sostener la biodiversidad que alguna vez tuvo.
Un paisaje transformado por el oro
Hasta mediados de 2025, la minería ilegal de oro había provocado la deforestación de casi 140.000 hectáreas de bosque primario peruano. La región Madre de Dios concentraba 135.939 hectáreas, el 97,5 % del total nacional, según un análisis del Proyecto de Monitoreo de los Andes Amazónicos (MAAP) basado en información oficial y datos satelitales.
Asimismo, la extracción ilícita de oro en esta zona amazónica utiliza distintos equipamientos para extraer el mineral: tracas, chutes, minidragas y balsas, entre otras. Para 2025, según el reporte del MAAP, se identificaron más de 2.000 infraestructuras mineras en distintas zonas de esta región.
Esta actividad también ha alcanzado territorios de comunidades indígenas y zonas de amortiguamiento de la Reserva Nacional Tambopata y la Reserva Comunal Amarakaeri. En esas mismas zonas se han registrado ejemplares de lobo de río.
Para conocer la proximidad entre ambos fenómenos, esta investigación reunió 25 registros históricos de presencia de la nutria gigante proporcionados por el investigador Adi Barocas, quien coordina el programa de esta especie en People’s Trust for Endangered Species (PTES). Los registros fueron ubicados espacialmente junto con puntos de actividad minera ilegal y las llamadas “pozas mineras”, cuerpos de agua asociados a las áreas usadas en el pasado por estas operaciones. Para las pozas se utilizaron registros elaborados y proporcionados por el Ministerio del Ambiente (Minam).
El análisis espacial, realizado con el programa QGIS, calculó para cada registro de la nutria gigante la distancia hasta la poza minera más cercana. De los 25 registros analizados, tres se encontraban a menos de 50 kilómetros de una poza y 12 a menos de 100 kilómetros. La distancia más corta fue de 31,5 kilómetros, mientras que la más larga alcanzó 231,3 kilómetros.
Estos resultados no muestran una concentración marcada de registros de lobo de río cerca de las pozas mineras. El registro más cercano se encontraba a 31,5 kilómetros, mientras que la mayoría de los puntos estaban a mayor distancia. El análisis describe la distribución de los registros documentados en relación con estas huellas de la actividad minera, pero no permite establecer si los lobos de río evitan las zonas mineras o están ausentes de ellas. Tampoco permite determinar si están expuestos a contaminantes asociados con la minería a través de sus presas o de la red alimentaria.

El siguiente análisis permite acercarse a una relación más concreta: la distancia entre los registros de la especie y los puntos identificados específicamente como minería ilegal.
El mismo procedimiento se aplicó para comparar la presencia de la especie con seis puntos identificados por el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) como minería ilegal. El análisis calculó la distancia entre cada uno de los 25 registros de lobo de río y el punto de minería ilegal más cercano. Cinco registros se encontraban a menos de 50 kilómetros de alguno de estos puntos, mientras que uno de ellos estaba a solo 327 metros.
Se trata de un registro realizado en 2022 en el río Azul, en el sector de la Reserva Nacional Tambopata. La distancia entre ese punto de presencia y la ubicación de minería ilegal más cercana fue calculada mediante sus coordenadas geográficas.
El resultado muestra una proximidad espacial que, por sí sola, no permite establecer que el lobo haya estado expuesto a la actividad minera, pero sí evidencia que ambos fenómenos pueden coexistir a distancias reducidas dentro de la región amazónica.
La situación del lobo de río muestra la potencial vulnerabilidad en la que vive: está en la categoría “En Peligro” por la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y también figura en el Apéndice I de la lista internacional Cites de especies vulnerables, mientras que en Perú también está considerado “En Peligro” por una normativa nacional del 2014.
Como depredador acuático, la especie depende de ambientes capaces de sostener poblaciones suficientes de peces y otros recursos para alimentarse y reproducirse. Por eso, hallar lobos en un lugar no necesariamente significa que todas las funciones del ecosistema se hayan recuperado.
Encontrar a la especie plantea una pregunta más compleja que saber si los lobos siguen allí: ¿qué condiciones necesita un ecosistema afectado por la minería para volver a sostener la biodiversidad que alguna vez tuvo? Para responderla, investigadores estudian señales que van mucho más allá del propio lobo, desde la acumulación de mercurio en insectos hasta sus efectos en aves y otros organismos.

El mercurio no termina en el río
La minería de oro no transforma solo el lugar donde se remueve el suelo o se extraen los sedimentos. Parte de sus efectos puede permanecer en el ambiente y desplazarse hacia otros territorios y especies que ocupan distintos niveles de la cadena alimentaria. En Madre de Dios, una parte de ese recorrido ocurre lejos de los puntos donde se concentra la actividad minera.
El mercurio liberado durante la extracción de oro puede viajar por la atmósfera y depositarse en zonas boscosas que no tienen actividad minera directa.
Elena Chaboteaux, ecóloga tropical italiana y coordinadora del proyecto de Mercurio en la Estación Biológica Los Amigos, explica que la ubicación de la estación y los vientos favorecen la llegada de mercurio procedente de zonas como La Pampa y Huepetuhe. En los bosques, agrega, puede producirse una mayor deposición del metal. “Donde hay bosque parece que hay más deposición de mercurio”, dice a LaEncerrona.pe.
Los investigadores de Los Amigos estudian qué ocurre con ese metal cuando entra en el ecosistema terrestre. Los insectos son una de las piezas que permiten seguir ese recorrido: son abundantes, cumplen funciones ecológicas distintas y forman parte de la alimentación de aves, mamíferos y otros organismos.
Un estudio reciente, en el que participó Chaboteaux, analizó 492 individuos de insectos pertenecientes a nueve grupos taxonómicos en tres lugares de Madre de Dios con distinta influencia minera: Cocha Cashu, Los Amigos y La Pampa. Los insectos de La Pampa presentaron concentraciones de mercurio aproximadamente siete veces mayores que los de Cocha Cashu, mientras que Los Amigos se ubicó en una posición intermedia.
Asimismo, la investigación encontró que la concentración de mercurio aumentaba entre los insectos que dependían, en mayor medida, de recursos de origen animal, como presas y carroña. Los resultados evidencian que el metal no permanece necesariamente en el punto donde ingresó al ecosistema, sino que puede distribuirse a través de las relaciones alimentarias.
Para Jessica Ortiz Pacheco, investigadora residente en la estación biológica Los Amigos, observar a los insectos permite ampliar la mirada sobre los efectos de la contaminación. Muchos cumplen funciones esenciales en el bosque, desde la polinización y la remoción de materia orgánica hasta la descomposición de cadáveres, y al mismo tiempo sirven de alimento para numerosos animales.
“A pesar de que son tan pequeños, son muy abundantes”, cuenta Ortiz Pacheco. Su importancia, agrega, está también en que permiten observar cómo un contaminante puede afectar al ecosistema “desde lo más pequeño hasta lo más grande”.

Ese recorrido puede alcanzar lugares donde la contaminación no resulta evidente. En el estudio, incluso Cocha Cashu, utilizada como sitio de referencia por su buen estado de conservación, presentó niveles bajos de mercurio en algunos componentes ambientales.
Las aves abren otra de esas preguntas. Muchas de las especies estudiadas tienen una movilidad limitada y permanecen dentro de áreas relativamente pequeñas, por lo que pueden funcionar como indicadores de contaminación local. Chaboteaux señala que todavía es necesario entender mejor cómo la contaminación por mercurio afecta a estas comunidades y qué consecuencias puede tener sobre su diversidad y abundancia.
El problema, entonces, no termina en el río ni en el lugar donde se extrae el oro. El mercurio puede entrar en distintos componentes del ecosistema y avanzar entre organismos que cumplen funciones diferentes. Entender hasta dónde llega ese recorrido también permite preguntarse qué señales quedan en las especies que habitan estos ambientes y qué pueden revelar sobre su estado.
Las señales que dejan las aves y los insectos
En un punto de La Pampa, corazón de la minería ilegal en Madre de Dios, Jessica Ortiz, investigadora en Los Amigos, había colocado trampas para estudiar insectos en un área de bosque. Al día siguiente regresó para recogerlas, pero el bosque que había dejado allí ya no estaba: durante la noche, el área había sido talada. La escena le mostró de manera abrupta la velocidad con que la minería puede transformar el bosque.
La pérdida de bosque primario no solo elimina árboles, sino que fragmenta el hábitat y puede aislar poblaciones que antes estaban conectadas. Los fragmentos de bosque que permanecen pueden concentrar especies, pero eso no significa necesariamente que estén en buenas condiciones, explica Ortiz Pacheco.
Si los insectos permiten seguir algunas de las rutas que toma el mercurio dentro del bosque, las aves ofrecen otra ventana para observar lo que ocurre en el ecosistema. Chris Sayers, investigador de la Universidad de California (UCLA), tiene a su cargo un estudio en Madre de Dios que busca entender cómo la minería y la contaminación afectan a especies individuales y al conjunto de aves que habitan estos ambientes.
Para Sayers, la diversidad de las aves, los ambientes específicos que ocupan y sus patrones de desplazamiento las convierten en buenos indicadores de exposición al mercurio y del funcionamiento de los ecosistemas. “Me gusta pensar en las aves como los peces del sistema terrestre”, comenta a LaEncerrona.pe.

Los resultados preliminares de su trabajo, todavía en curso durante los próximos meses, muestran altas concentraciones de mercurio en algunas especies. Sin embargo, todavía falta conocer con precisión qué efectos tienen esas concentraciones sobre su reproducción, comportamiento, mortalidad y esperanza de vida.
Sus resultados iniciales también apuntan a otro efecto de la minería: una menor abundancia de especies y una menor diversidad de aves tanto en áreas convertidas para la extracción de oro como en zonas donde el bosque empieza a regenerarse. Sayers explica que ese impacto probablemente responde a una combinación de la pérdida de cobertura vegetal y la contaminación por mercurio, aunque su investigación todavía busca distinguir cuánto aporta cada uno de esos factores.
La vegetación puede volver a cubrir un área después de la minería sin que por ello regresen todas las especies que la habitaban. Para Sayers, si las poblaciones de los bosques cercanos también están siendo afectadas, la recuperación de la biodiversidad podría ser más lenta que la recuperación de la cobertura vegetal.
¿Puede recuperarse un ecosistema después de la minería?
Las huellas de la minería no desaparecen cuando termina la extracción de oro. En Madre de Dios quedan pozas abiertas donde antes había bosque y que, con el paso del tiempo, pueden empezar a cambiar. Algunas reciben agua durante las inundaciones estacionales de los ríos y acumulan peces y otros organismos que vuelven a ocupar estos ambientes.
Julio Araújo, investigador y coordinador del programa de hidrobiología del Centro de Innovación Científica Amazónica (Cincia), ha encontrado lobos de río en algunas de estas pozas abandonadas. Explica que estos sitios -conectados con la dinámica de los ríos- pueden adquirir características ecológicas similares a las de ciertos lagos naturales y convertirse nuevamente en espacios con abundancia de peces.
La capacidad de regeneración tampoco es igual en todos los lugares. Araújo señala que las zonas bajo influencia de ríos y quebradas reciben semillas y otros recursos durante las inundaciones, lo que favorece la recolonización. En lugares como La Pampa, donde predominan grandes extensiones de arena sin esa conexión ribereña, el proceso resulta mucho más difícil.
Pero regenerar no significa recuperar lo que había antes. Las pozas mineras fueron creadas donde originalmente existían otros ambientes y pueden conservar riesgos incluso después de ser recolonizadas. Araújo advierte, por ejemplo, que las condiciones de las aguas estancadas pueden favorecer una mayor disponibilidad del mercurio y facilitar su ingreso en la cadena alimentaria.
La magnitud de las áreas intervenidas hace además difícil pensar en una única estrategia para restaurarlas. Araújo considera que algunas zonas podrían manejarse como espacios para la fauna o corredores de conservación, mientras que en otras sería necesario favorecer los procesos naturales de regeneración.
“Hay que intentar ayudar a la naturaleza de alguna forma en la zona donde se puede regenerar de forma más sencilla.”, sostiene el especialista.
La recuperación de estos ambientes, por tanto, no puede medirse únicamente por el regreso de la vegetación. También importa qué especies vuelven, qué recursos encuentran y qué funciones ecológicas pueden restablecerse. La presencia del lobo de río en algunos ambientes intervenidos abre precisamente esa pregunta: qué puede revelar su retorno sobre un territorio transformado por la minería.

Los lobos que todavía sobreviven
Los registros de los últimos años muestran que el lobo de río todavía ocupa distintos cuerpos de agua de Madre de Dios. Un monitoreo realizado por la Sociedad Zoológica de Frankfurt (FZS) en 2025, por ejemplo, registró 31 individuos distribuidos en siete grupos familiares dentro del Parque Nacional del Manu, además de cinco individuos en la desembocadura del río Panahua. Entre ellos había dos crías.
En otros sectores de la región amazónica también se mantiene una presencia constante de la especie. El monitoreo de FZS en la Reserva Nacional Tambopata y su zona de amortiguamiento encontró en 2024 individuos y grupos familiares en distintos cuerpos de agua, además de indicios recientes de su presencia en 13 de los 17 ambientes evaluados.
Sin embargo, estos monitoreos no permiten saber cuántos lobos de río hay actualmente en Madre de Dios ni establecer con precisión si la población está aumentando, disminuyendo o se mantiene estable. Las entidades del gobierno consultadas para esta investigación no proporcionaron un censo poblacional que permita seguir esa tendencia a escala regional y remitieron a los monitoreos realizados por investigadores como Adi Barocas y la FZS.
Pero la existencia de lobos en zonas afectadas por la minería no significa que el impacto sobre ellos sea menor. Adi Barocas, investigador y coordinador del programa de lobos de río que estudia la especie en Madre de Dios, explica que sus poblaciones pueden persistir en ambientes degradados, aunque con condiciones distintas a las de áreas protegidas.
“No es solo esto de decir que los lobos persisten”, advierte Barocas. Sus distintos trabajos muestran que la calidad del agua, la disponibilidad de peces y otros cambios provocados por la minería están relacionados con la forma en que los lobos utilizan estos ambientes.
La capacidad de permanecer en estos lugares también muestra algo sobre la especie. Barocas considera que los estudios realizados durante los últimos años han permitido entender mejor cómo los lobos enfrentan amenazas asociadas con la actividad humana y cómo sus poblaciones pueden persistir en zonas más degradadas. Esa capacidad revela una cierta resiliencia, pero no implica que el ecosistema funcione como antes.
En Los Amigos, el contraste aparece al volver la mirada hacia las cochas. Allí todavía se observan lobos de río mientras, río abajo, las dragas siguen removiendo el fondo en busca de oro. La apariencia de un bosque recuperado no cuenta por sí sola toda la historia: bajo esa cobertura vegetal pueden persistir cambios que afectan a otras especies.
La recuperación, entonces, no se mide solo por los árboles que vuelven a crecer ni por una especie que consigue permanecer. También depende de que el agua, los animales y las relaciones que sostienen el ecosistema vuelvan a encontrar las condiciones necesarias para prosperar. En Madre de Dios, los lobos de río ofrecen una de esas señales: su presencia muestra que la vida persiste, pero recuerda cuánto falta todavía para que estos ecosistemas vuelvan a funcionar plenamente.
Esta historia fue producida con el apoyo de Internews’ Earth Journalism Network.
